Por Laura Muñoz de Producciones 24Violets

Hay momentos en que la vida cambia de género cinematográfico.

Durante años se puede estar viviendo un drama. Un drama difícil, complejo, lleno de conflictos humanos, pero un drama al fin y al cabo.

Hasta que un día se descubre que no era un drama. Era una película de terror.

No lo parece al principio. El terror contemporáneo no se parece al de antes. No hay monstruos evidentes ni sangre en las paredes. El nuevo terror es más sofisticado. Se instala en los espacios institucionales, habla en lenguaje técnico y se mueve entre silencios administrativos.

El monstruo ya no vive en el bosque.

Vive en los sistemas. En ese tipo de películas el espectador tarda en entender qué está pasando. La protagonista empieza a percibir pequeñas anomalías: una frase fuera de lugar, un documento que desaparece, una puerta que se cierra sin explicación.

Todo parece normal.

Pero algo no encaja. Ese es el verdadero mecanismo del terror: la sensación de que la realidad se ha desplazado ligeramente de su eje.

Durante siglos el cine de terror ha sido una metáfora de los miedos colectivos. En los años cincuenta eran los extraterrestres. En los setenta fue la paranoia política. En los noventa, el miedo a lo invisible.

Hoy el miedo tiene otra forma.

El miedo es el poder que actúa sin dejar huellas.

Por eso, no es casual que una serie titulada La mujer que no se rompe haya sido seleccionada en el Foro Iberoamericano de Terror y Fantasía de Fantastika. El título parece un gesto de resistencia, pero también describe un fenómeno narrativo muy antiguo en el cine: el momento en el que el monstruo descubre que su víctima no responde como esperaba.

En muchas películas de terror hay una escena clave. La criatura acorrala a su presa. Todo el sistema del miedo funciona porque la víctima acepta el papel que se le asigna: huir, suplicar, desaparecer.

Pero a veces ocurre algo inesperado.

La víctima no se rompe.

Ese momento es devastador para el monstruo, porque el terror depende de una condición muy concreta: que alguien tenga miedo.

Cuando eso falla, el guion cambia.

Quizá por eso el recorrido de otro proyecto, Stella Maris, sigue avanzando en paralelo como una película completamente distinta. Si La mujer que no se rompe pertenece al territorio del terror psicológico, Stella Maris se sitúa en otro género: el de la memoria, el del tiempo largo, el del cine que observa la vida con paciencia.

En el lenguaje del cine se diría que una historia pertenece al género del suspense y la otra al del paisaje humano.

Pero ambas comparten algo.

Las dos hablan de la resistencia de los personajes cuando el sistema intenta imponerles un destino narrativo.

El cine siempre ha sabido algo que la realidad tarda más en aprender: que las historias verdaderamente poderosas no son las que siguen el guion previsto.

Son las que lo rompen. Tal vez por eso el terror contemporáneo está cambiando. Ya no consiste en mostrar monstruos, sino en revelar las estructuras que permiten que existan. Y quizás por eso algunas historias empiezan a circular ahora en festivales, foros y encuentros de la industria. Porque el cine tiene una capacidad única: puede convertir lo que parecía una experiencia aislada en una narrativa colectiva.

En otras palabras, puede transformar el miedo en relato.

Y cuando el miedo se convierte en relato, deja de pertenecer al monstruo.

Empieza a pertenecer a la historia.